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GERMAN ALEGRE PIENSA Y ESCRIBE

LUIS Y EL SILENCIO

Una mañana de invierno sumido en las nieblas de un despertar gélido, Luis abrió sus ojos agarrado

bajo su cobija. Miró a su lado de la cama y encontró el silencio de una soledad.

Dió varias vueltas a la almohada en busca de un calor de mañana y estiró sus brazos con el ansia de

agarrarse a un nuevo día. En el silencio del despertar nada se oía. Pasaban los minutos y un ténue

pitido agudo emitia una melodía que anunciaba la jornada de un nuevo amanecer.

Luis en un lento proceder estiró sus piernas blandió sus brazos y bostezó con unas leves lágrimas

que surcaban sus mejillas.

Empezaba otro nuevo día de una semana de un mes de un año que nunca tenía fin.

Lentamente como el caminar de los juguetes que se les acaba la batería,luis entró al baño para

limpiar de su cuerpo el sudor de una noche de sueños que nunca recordaba al despertar.

Pasaban los minutos y la densa niebla que dominaba el cielo de la ciudad no cesaba en su despertar.

Luis vestido para trabajar arrancaba el motor de su carro y esperaba sentado a que las

revoluciones del mismo calentaran la gélida mañana.

La puerta del garaje con su sonido estridente anunciaba que el mundo empezaba a caminar.

Ya en la carretera el único sonido que se escuchaba era el ronronear de las ruedas sobre el

asfalto.

El destino del carro no tenía fín, pasaban las horas y Luis y su carro circulaban a velocidad

moderada pensándose que hacer un Lunes de un año 10.

El teléfono encendido no sonaba, la radio estropeada por la niebla no sintonizaba y el gesto de Luis

al volante con los ojos mirando al infinito se hacían invisibles.

El día de invierno por las calles no dejaba ver a nadie y el destino para llegar no tenía fin.

La vida en ese momento para Luis no encontraba palabras.

Llego a su destino y abrió la verga del recinto. Nadie ni nada se movía las calles del recinto que

lucían en sus frentes flores de colores haciendo de los espacios un camino de rosas.

Luis lentamente se sentó en su ordenador y prendió la pantalla. Un sinfín de números encadenados

le daban su tarea del día con sus tiempos organizados.

Terminado, imprimió y con el papel iniciaba su trabajo por la ciudad perdida.

Una leve sonrisa aparecía en la cara de Luis al recorrer las calles del recinto, pausado iba leyendo

las escrituras de las paredes........cada una impresa recitaba autores y frases célebres que a Luis le

hacían recordar su pasado glorioso.

Así fueron pasando las horas y Luis en silencio había recorrido todo el recinto hasta llegar a la

puerta de salida.

Con las llaves en mano cerró la verja de la ciudad silenciosa y se metió en el coche.

Las nueve de la noche, un día cualquiera con el hablar de los que no estan hacían a Luis un hombre

solitario que daba gracias por poder ser la persona que todos los días acompañaba a los muertos de

los seres queridos en el cementerio.

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